La obra documental de Svetlana Aleksiévich, Voces
de Chernóbil (1997), nos coloca dentro de la conciencia histórica y delante
de la transformación de la historia humana luego de la tragedia del primer
accidente nuclear.
La autora bielorrusa fue galardonada con el
Premio Nobel de Literatura en 2015 por su sobresaliente trabajo que reúne en
despiadados testimoniales al periodismo, la crónica y el documental.
La obra que ya tiene más de dos décadas vuelve
a tener relevancia y será de las más vendidas en los próximos meses debido a la
sobresaliente miniserie Chernobyl, producida por HBO y que ha
concentrado las miradas de espectadores y críticos y generado el aplauso casi
generalizado.
Tanto en la serie como en el libro que nos
ocupan somos testigos de los estragos provocados por el estallido del reactor
nuclear, un evento devastador que representó un peligro inminente a la vida en
la Tierra como la conocemos. Al mismo tiempo, la negligencia del gobierno que —en
aras de mantener la ilusión de la superioridad soviética y evitar cualquier
mácula sobre el socialismo— minimizó las consecuencias del accidente en un
primer instante y luego puso en marcha un plan que tuvo éxito gracias al
sacrificio de un número aún indeterminado de vidas humanas mediante misiones
suicidas estratégicas para sepultar el reactor y evitar la exposición del
material radiactivo.
Aleksiévich se deshace rápidamente de las
estadísticas:
Antes de
Chernóbil, por cada 100 000 habitantes de Bielorrusia se producían cerca de 82
casos de enfermedades oncológicas. Hoy, las estadísticas son las siguientes:
por cada 100 000 habitantes, hay 6000 enfermos. Esto quiere decir que se han
multiplicado por 74.
[…]
Hoy en día
aún se desconocen muchas cifras. Se mantienen en secreto: tan monstruosas son.
La Unión Soviética mandó al lugar de la catástrofe 800 mil soldados de
reemplazo y «liquidadores» (bomberos, obreros, científicos, especialistas de la
industria nuclear, ingenieros de minas, geólogos y mineros) llamados a filas;
la edad media de estos últimos era de treinta y tres años. Y a los muchachos se
los llevaron directamente del pupitre al cuartel…
Sólo en
las listas de los liquidadores de Bielorrusia constan 115 mil 493 personas.
Según datos del Ministerio de Sanidad, desde 1990 hasta 2003 han fallecido 8553
liquidadores. Dos personas al día.
Una vez que los datos nos muestran la magnitud
del accidente, la autora nos presenta las palabras de Lyudmilla Ignatenko,
esposa de uno de los bomberos que acudieron primero a la planta nuclear. Esta
historia también aparece en la serie de HBO, siguiendo casi al pie de la letra
el tremendo relato de Lyudmilla:
Acudieron
allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa.
Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.
[...]
En
aquellos días me topé con mucha gente buena; no los recuerdo a todos. El mundo
se redujo a un solo punto. Se achicó… A él. Solo a él… Recuerdo a una auxiliar
ya mayor, que me fue preparando:
—Algunas
enfermedades no se curan. Debes sentarte a su lado y acariciarle la mano.
[...]
Todo él
era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba
la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le
salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias
vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para
sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible
escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!… Todo esto tan querido… Tan mío… Tan… No
le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.
De esta desgarradora experiencia comienza el
otro relato, el del gobierno y las distintas autoridades que mandaron a sus
hombres a una muerte segura, primero por ignorancia, luego como parte de un
plan “heroico” que se confunde con una despiadada masacre: “Si alguien quería
llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes,
decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personalidades. Y pertenecen al
Estado”.
La gente muere, es evacuada, se toman medidas
sanitarias extremas, pero no hay versiones oficiales. Los ciudadanos no saben
con certeza qué sucede. Lo poco que sabe y que está dispuesto a aceptar el
gobierno queda encapsulado entre una mesa redonda llena de burócratas inútiles.
Para Aleksiévich, el accidente nuclear marca
un nuevo inicio. Una nueva historia de la humanidad se crea a partir de esa
explosión. Significó un nuevo tipo de conocimiento, una nueva concepción del
mundo y también de la humanidad. El tiempo se hizo inmenso y la vida humana
ínfima. Los radionúclidos diseminados por la Tierra después del accidente
vivirán hasta 200 mil años. La eternidad de las consecuencias.
Era un
suceso que más bien se parecía a un monstruo. En todos nosotros se instaló,
explícito o no, el sentimiento de que habíamos alcanzado lo nunca visto.
[...]
Durante
aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un
salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no sólo
de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del
tiempo.
Aquellos
días oí en más de una ocasión: «No encuentro las palabras para transmitir lo
que he visto, lo que he experimentado», «no he leído sobre algo parecido en
libro alguno, ni lo he visto en el cine», «nadie antes me ha contado nada
semejante».
Otra arista que estudia Svetlana Aleksiévich
es la vida del planeta, los animales, las plantas, la tierra, los insectos, el
aire, los elementos. Todos destruidos, modificados, convertidos en podredumbre
gracias a la mano del hombre. En distintos relatos, los testigos cuentan que
los animales fueron los primeros en notar a ese enemigo invisible: la
radiación.
Los gusanos se enterraron a más de dos metros
de profundidad, las abejas y las aves desaparecieron, las vacas no tomaban agua
del río, los gatos dejaron de comer ratones muertos.
El tiempo
vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado
contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros
seres vivos. Animales y plantas.
Después de
que la población abandonara el lugar, en las aldeas entraban unidades de
soldados o de cazadores que mataban a tiros a todos los animales. Y los perros
acudían al reclamo de las voces humanas…, también los gatos. Y los caballos no
podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables
de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.
—En una
ocasión vi cómo los soldados entraron en una aldea de la que se habían marchado
sus habitantes y se pusieron a disparar. Gritos impotentes de los animales…
Gritaban en sus diferentes lenguas.
La autora regresa a analizar si el heroísmo de
los “liquidadores” fue un suicidio o una masacre colectiva.
se dirigían
sin protestar allí donde «morían» los robots, se les ocultaba la verdad sobre
las altas dosis recibidas y luego se alegraban al recibir los diplomas y las
medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte.
[…]
Así pues,
¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas
y la educación soviéticas? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que
estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa.
Los entusiastas de la serie Chernobyl,
que muy dignamente ha retratado esta catástrofe, encontrarán más historias
desgarradoras y reflexiones complementarias al material visual que nos
proporciona HBO.
Por otro lado y más importante, Voces de
Chernóbil es un libro de lectura obligada. Un documento de cómo y cuándo
cambió la historia de la humanidad. Una tragedia que pudo ser apocalíptica y
que terminó en el cementerio de cientos de miles de personas, así como en la
enfermedad y mutilación de decenas de miles.
—¿Qué es
eso de la radiación? —Mamá, es una especie de muerte. Convenza a papá para que
se vayan. Vivirán con nosotros.
[…]
«¿Dónde
está esa radiación?». «Allí donde estéis, allí habrá radiación». ¿Entonces qué,
es por todo el país? [Se seca las lágrimas.] La gente se ha marchado. Por
miedo.
No existe
ni el lugar que nosotros llamábamos patria. Ahora somos como los murciélagos.
Voces de Chernóbil
Svetlana Aleksiévich
Debate
1997






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