Julián
Herbert (Acapulco, 1971) publicó en Letras
Libres (No. 129, septiembre 2009) su “autobiografía precoz” titulada “Mamá
leucemia”. Se trataba de un ejercicio en el cual la publicación dirigida por
Enrique Krauze emuló el proyecto que en los años sesenta llevaron a cabo Rafael
Giménez Siles y Emmanuel Carballo, que pidieron a varios escritores mexicanos,
todos de aproximadamente treinta años de edad que escribieran sus memorias
prematuras. Entre otros participaron: Raúl Navarrete, Gustavo Sainz, Sergio
Pitol, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Carlos Monsiváis, Vicente Leñero y
José Agustín. Los demás participantes en ese número de Letras Libres fueron: Guadalupe Nettel, Luis Felipe Fabre, Yoani
Sánchez, María Rivera y Jorge Carrión.
El
objetivo de los editores de en ambos experimentos era dar a conocer una nueva
camada de escritores, otorgarles espacio para que contaran sus experiencias,
justificaran su trabajo y se hicieran de lectores. Tan bueno resultó la
autobiografía de Herbert que éste decidió ahondar en el tema y desarrollarlo
como novela, misma que lleva por título Canción
de tumba (Mondadori, 2011) y que resultó ganadora en 2011, entre las 307
presentadas en los 27º Premios Literarios Jaén, que organiza Caja Granada en
España y cuyo premio es de 24 mil euros.
La
segunda novela de Herbert (la primera es Mundo
infiel, Joaquín Mortiz, 2004) plasma su poética a través de un relato
personalísimo: su madre prostituta enferma de leucemia. Da a conocer su talento
narrativo, sus influencias (desde Oscar Wilde hasta el creador del asesino
serial Dexter, Jeff Lindsay) con su característica franqueza agresiva con la
que desarrolla sus temas, por lo demás siempre crudos y violentos. Al menor
atisbo de esperanza, Herbert reacciona furibundo con una reflexión desoladora:
Hay
ocasiones en que pasamos en auto por la orilla de Ciudad Frontera, de camino a
las pozas de Cuatro Ciénegas o a recolectar granadas en el rancho de Mabel y Mario,
en Lamadrid. Le digo a Mónica, mientras circulamos por el libramiento Carlos
Salinas de Gortari: “Detrás de este aeropuerto transcurrió mi niñez.” Ella
responde: “Vamos.” Yo le digo que no. ¿Para qué?
Además
de lo anterior sobresale la naturalidad de su prosa en la que abundan
anglicismos y neologismos conviviendo sin que se noten los saltos:
A
la mierda: mamá fue en su juventud una india ladina y hermosa que tuvo cinco
maridos: un lenón legendario, un policía abaleado, un regio goodfella, un
músico suicida y un patético imitador de Humphrey Bogard. period.
Lo
primero que resalta al leer cualquiera de estos dos textos —el de la revista y
la novela— es el declarado tono autobiográfico. Resulta en ocasiones bochornosa
la confesión abierta, sincera. Respecto de Canción
de tumba, el autor comenta:
El
proceso fue muy intenso y muy radical. Siempre tenía en la cabeza escribir esta
historia, pero me parecía muy melodramático. Y, cuando sucedió lo de la
enfermedad de mi madre, a finales de 2008, la razón de la escritura se
convirtió en algo muy pragmático porque tenía que pasar muchas horas en el hospital
y mantenerme despegado lo mas posible (lavanguardia.com, 28/11/2011).
Algo
de expiatorio tiene su relato y aunque puede parecer efectista, Herbert elude
la identificación sentimentalista: “El dolor es intransmisible, sólo admite cómplices.
Plantearse otra cosa sólo sirve para hacer novelas chantajistas” (El País, 14/12/2011). Es difícil saber
hasta dónde se trata de un relato fiel a la vida del acapulqueño; sin embargo,
quizá el morbo ayude al éxito de la novela y predisponga nuestra lectura. En Canción de tumba, Herbert rasca la
herida y sobre este tema ficcionaliza así:
Hace
tiempo en un coctel celebrado en Sant Joan de les Abadesses, un poeta y
diplomático mexicano me dijo:
—Leí
esa nota autobiográfica tuya que apareció junto a tu cuento en una antología.
Me resultó entretenida pero obscena. No me explico por qué te empeñas en fingir
que una ficción tan terrible es o alguna vez fue real.
Observaciones
como esta me vuelven pesimista acerca del futuro del arte de narrar. Leemos
nada, y exigimos que esa nada carezca de matices: o vulgar o sublime. Y peor:
vulgar sin lugares comunes, sublime sin esdrújulas. Asépticamente literaria. Eficaz
hasta la frigidez. En el mejor de los casos, una novela posmo no pasa de
costumbrismo travestido de cool jazz y/o pedantes discursos de Kenneth
Goldsmith’s style que demoran cien páginas en decir lo que a Baudelaire le
tomaba tres vocablos: spleen et ideal.
Canción de tumba
Julián Herbert
Mondadori
2011
208 pp.
[Publicado en az, Revista de Educación y Cultura, No.
57, mayo 2012]



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