Las caricaturas me hacen llorar, de Enrique Serna




Estaba sola y entré a la primera función.
Se apaga la luz y empieza la proyección
y, cuando el noticiario comenzó,
llegaron mi mejor amiga y mi novio, mi gran amor.
Ellos no vieron que yo estaba ahí
y se sentaron justo frente de mí;
al besar él sus labios creí morir
y a través de mi llanto y sus siluetas, al Pato Donald vi.
Queta Garay, “Las caricaturas me hacen llorar”.

Gil del Valle
Editor, az.

Publicado originalmente por Joaquín Mortiz en 1996 dentro de la colección Contrapuntos, Las caricaturas me hacen llorar rinde homenaje a la canción que hiciera famosa a la regiomontana Queta Garay, actriz y cantante que refleja con su ñoña interpretación del éxito original de Sue Thompson el imaginario mexicano que Enrique Serna desentraña a través de esta colección de ensayos, crónicas, poemas y notas que publicó en el suplemento “Sábado” del diario Unomásuno entre 1985 y 1996.

Por encargo de su editor Antonio Reina —según consta en el prólogo—, editorial Terracota lanza una reedición de esta selección. Serna declara: “Sin asomo de arrepentimiento, ahora expongo mis pecados de juventud a una nueva generación de lectores, esperando encontrar de nuevo esa complicidad sin la cual no podría existir la literatura”.

Y, ¿qué pueden encontrar las nuevas generaciones en estos escritos de Serna? Primero que nada, a uno de los autores mexicanos que más recursos narrativos posee, una prosa límpida y un humor negro descarnado e imperecedero. El estilo de Serna está a caballo entre el rigor académico y la chacota de sobremesa y, aun ahí, diría que media entre la de cantina y la de café.

  
La desilusión que rezuma de su título es corroborada por el contenido que, aunque humorístico, analiza los asuntos más peliagudos de la psicología nacional: machismo, homosexualidad, moral y discriminación, entre muchos otros. Todos los tipos tienen cabida en este material que encuentra una de sus referencias más antiguas en Mariano José de Larra y sus Artículos de costumbres del siglo xix.

Evidentemente Serna tiene más recursos a su alcance y tantas cosas de qué hablar como peculiaridades encontramos en las calles de la ciudad, en su política o en sus pensadores. A diferencia de varios de sus contemporáneos, tiene la aspiración de llegar a un público más amplio. Si bien posee características que sólo el lector avezado advertirá, también llena sus escritos con referencias populares. Al respecto, el autor comentó en entrevista para esta misma publicación (az, abril 2009):

Hace falta aspirar a hacer una literatura enriquecedora, pero que al mismo tiempo llegue al lector común. Lo cual no significa —por lo menos en mi caso o desde mi punto de vista— abaratar la literatura o caer en complacencias para llegar a un público masivo.

En la historia de la literatura universal hay grandes ejemplos de una literatura popular como el teatro isabelino, del Siglo de Oro, la obra de Cervantes, más cerca el Boom Latinoamericano que han tenido millones de espectadores, o millones de lectores, y que, sin embargo, resultaron ser obras maestras de la literatura.

Yo creo que eso es algo a lo que hay que seguir aspirando. […] Yo creo que la literatura cumple la función de transformar a los borregos en individuos. […] No creo que haya una separación tan tajante entre la cultura popular, la de masas y la alta cultura.

Así, dicho con sus propias palabras, tenemos una pista de lo que nos espera con Las caricaturas me hacen llorar. En su primera parte, “Risas y desvíos”, leemos los comentarios de un penetrante observador que tiene tiempo para desmitificar tanto a Porfirio Díaz, como a Agustín Lara o Sara Montiel; hacer versos en honor a la celulitis o al pederasta (así lo hace ver Serna) fundador de los Boy Scouts; reflexionar sobre la aberrante moda del pantalón de mezclilla roto; defender irónicamente al lugar común como el “antídoto contra el reconocimiento de la propia mediocridad”, o quejarse a sus anchas de la canción de Paul Anka, “My way”:

Insípida como la crema de champiñones que sirven los meseros vestidos de frac en el salón de banquetes del Camino Real, ramplona como el grito de “queremos pastel, pastel, pastel”, coreado por los invitados al final de la cena, “My way” aporta a la familia mexicana una filosofía de la existencia que […] glorifica el estilo personal de fracasar. Pero si todos fueron albañiles de su propio destino, ¿por qué se parecen tanto? […] Es el himno a la capacidad de elección de la gente que eligió no elegir.

Como la anterior, varias y muy diversas reflexiones que critican lo que hay de desagradable en el mundo a los ojos de un neurótico con buen sentido del humor.


“Ruta crítica”, segunda parte del libro, se dedica a profundizar la siguiente premisa: “Revertir la tendencia de nuestra élite intelectual a demeritar la creatividad y el talento en favor de la erudición estéril”. Congruente con esta forma de pensar, Serna fomenta la lectura de autores como Alfonso Reyes (“pensaba que el escritor no debía ostentar su prestigio para evitar que su fama y su renombre opacaran su obra”), Inés Arredondo (“la sencillez de la forma guarda equilibrio con la riqueza del contenido, algo fuera de lo común en un país como el nuestro, donde las audacias farragosas de los novelistas suelen ser un subterfugio para ocultar su agotamiento creativo”) o Ramón Gómez de la Serna; hablando de este último parece que resume a todos: “Se libraron así de hacer arte para las élites y obtuvieron el mejor premio al que puede aspirar un creador: su obra no huele ni olerá a museo”. Consecuentemente, también ataca de forma cruda a escritores como Homero Aridjis (“lo sabe todo de historia […], pero no sabe escribir diálogos, no sabe mantener el interés del lector, no sabe intercalar testimonios en el relato y tampoco sabe crear personajes”), Carlos Fuentes (“cambió su instinto de narrador por un programa de computadora”) y Octavio Paz (“quizá el único escritor del mundo que ha buscado hacerse impopular con sus apariciones en televisión”, “cree que sólo los entendidos pueden apreciar su poesía”, “se ha convertido en estatua de sí mismo”, “Lucha por congraciarte con las grandes figuras, pero no amontones en media cuartilla veinte citas de Octavio Paz. Elimina dos”).

La justa reedición de Las caricaturas me hacen llorar llega en el momento más encumbrado de su autor; quienes hemos leído más de un libro suyo apreciamos que nada ha cambiado en ese honesto anhelo de escribir para todos, de ser intelectual desde el sarcasmo, el humor, la sátira: “La ironía [acaba de escribir Serna en Letras Libres de agosto de 2012] no sólo es un principio básico de higiene mental, también es una virtud necesaria para convencer a los escépticos de que las letras y las humanidades sirven para algo”.


De lectura ligera y reflexiva, esta compilación demuestra que no hace falta la solemnidad a la hora de reflexionar, que los grandes autores también se dan tiempo de echar desmadre y, sobre todo, otorga pistas que el lector curioso debe seguir para aumentar sus lecturas y confrontar sus puntos de vista con los del autor, contribuir con esa complicidad que pide en el prólogo. Libro de cabecera, Las caricaturas me hacen llorar, también da consejos para sobresalir en el mundillo literario (“Tesoro moral para el crítico joven”), así que si no se quiere leer el libro, se puede hacer lo que sugiere el siguiente aforismo de Serna: “Evita leer antes de emitir un juicio”.


Las caricaturas me hacen llorar
Enrique Serna
Terracota
México
2012
329 pp.

[Publicado en az, Revista de Educación y Cultura, No. 62, octubre 2012]

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