No precisamente John McClane




Misión: confirmar el enamoramiento provocado por un algoritmo en medio de una horda de borrachos a altas horas de la madrugada.

Ubicación: un edificio en la colonia del Valle llamado Nakatomi. Una torre con múltiples controles de seguridad y varios activos que harían de esta misión una pesadilla.

Nuestro héroe: Bruno Gutiérrez.
Nuestra heroína: Mariel Zazzo.

Bruno entra al complejo como invitado de Mariel Zazzo, hermosa garota que encantaba a los locales con su perfecta interpretación de la Bossa Nova.

***

—Buenas noches, soy Bruno Gutiérrez. Vengo a la fiesta de la señorita Zazzo.
—¿Se registra, por favor?

Apenas un par gotas en la amplia frente de Bruno se agolparon contra su ceja al escribir sus datos, se trata de un profesional. La mirada del guardia lo escudriñó de pies a cabeza, pero el temple de nuestro héroe se impuso.

—Mi compañero lo llevará al roof garden.

Bruno, con un cargamento de cervezas, entró en el elevador y vio cómo el guardia colocaba su huella digital para activar el vehículo vertical.

Dejó de preocuparse por esos fútiles obstáculos y en vez de ello concentró su atención en su objetivo principal: encontrar a Zazzo y confirmar la efectividad del algoritmo en la red social, Tinder.
Bruno subió 14 pisos a la velocidad de un suspiro. Un nivel tras otro se sucedió mientras observaba una línea de luz aparecer y desaparecer en el marco superior de la puerta.

Contó el tiempo que le llevaría este recorrido y lo apuntó en su agenda mental: 45 segundos.
No bien pudo fijar estos datos en su mente cuando sonó el “tiiiiiing” marcando su destino. Bruno se frotó las manos y se acomodó el cuello de su camisa, listo para enfrentar su misión.

—Caballero, la fiesta está al final del pasillo.
—Gracias.

Bruno entró a la fiesta con sus cervezas y se internó en una jungla de portugués y español sudamericano.

Entre todos estos códigos, primero escuchó y enseguida vio al precioso activo.

—¡Bruno! ¿Cómo estás?— Dijo Zazzo, mientras oscilaba. Era ya muy tarde y mucha fiesta entre pensar en convocar a Bruno y su aparición en la fiesta. Contestó el saludo con un abrazo que cesó la órbita de la heroína de la historia.

Luego de esto nuestro agente se mostraba confiado. Colocó sus cervezas junto a la nevera para no compartirlas con nadie, tomó una y se fue a una esquina del roof garden para tener una visión panorámica de la fiesta.

Sin que lo buscara y sin que le molestara se vio envuelto en una conversación sobre el futbol sudamericano con el encargado de la parrilla. Un argentino escandaloso que evangelizaba sobre la grandeza del Boca Juniors: su estadio, la hinchada, los problemas para acceder a un partido suyo…

Aunque Bruno tenía interés y conocimiento sobre este tema se limitó a asentir y dejar que el argentino continuara con su perorata mientras que con el rabillo del ojo observaba a Zazzo, cada vez más distraída.

Al fin compartieron una mirada, Bruno se aseguró de imponer su toque único e irresistiblemente para garantizar el éxito de la misión.

El nexo visual tenía como único objetivo el encuentro. Nuestro héroe pensaba que se encontraba en una misión digna de convertirse en esas historias que se cacarean una y otra vez entre los otros detectives, conformando una mitología personal imbatible. Nuestra heroína probablemente pensaba que Bruno no llegaría.

Alguien de entre la numerosa cohorte de Zazzo la tomó del brazo haciendo imposible el rescate en ese primer y anticlimático final. Una vez roto ese vínculo visual, las ilusiones de Bruno reventaron con la facilidad con la que una aguja rompe un globo.

Haciendo uso de su entrenamiento en las fuerzas especiales, Bruno decidió limitarse a escuchar las anécdotas del incansable argentino parrillero que seguía asando carne.
Después de un breve lapso, Zazzo llevó a Bruno a un breve y zigzagueante recorrido a través de la terraza.

Colgada del brazo de Bruno, Zazzo lo actualizó sobre el origen de algunos de sus invitados. Al tiempo de reforzar su capacidad de no caer al piso a causa de su evidente borrachera, confirmaba su papel de anfitriona. Todo le iba bien a ella, pensó Bruno, mientras destapaba su segunda cerveza.
Bruno no había dicho una palabra desde el: “¿Cómo estás?”, mismo que fue respondido por un: “¿Cómo estás?”, de su parte y que se hubiera prolongado en un bucle interminable de no ser por la necesidad de ella de recorrer la terraza y atender a sus invitados.

***

Con sus conocimientos contraterroristas, con el entrenamiento militar que le permitiría anular a 6 enemigos a la vez… con todo eso en la cabeza, Bruno contemplaba la escena sin parpadear.

El argentino dejó el asador y le arrebató la guitarra a algún sudamericano para alcanzársela a Zazzo.
Bruno seguía parpadeando al tiempo que recordaba su entrenamiento.

Nuestra heroína recuperó el garbo milenario de las amazonas en cuanto el instrumento hizo contacto con su piel.

Nuestro héroe se apoltronó en la esquina más lejana, pensando en su siguiente paso.
Zazzo no soltó la guitarra y luego de afinarla y platicar con sus amigos más cercanos tocó y cantó:

É o pau, é a pedra, é o fim do caminho
É um resto de toco, é um pouco sozinho
É um caco de vidro, é a vida, é o sol
É a noite, é a morte, é um laço, é o anzol

Consciente de la pérdida de protagonismo, Bruno acudió al argentino y éste continuó perorando sobre la gloria de los xeniezes en el futbol argentino.

Bruno estaba solo. Como todos lo estamos, Zazzo también lo estaba. Veamos quién lo maneja mejor. Bruno pensaba en lo que podría hacer si ella volteara hacia él como lo hizo cuando llegó a la terraza. Podrían ser felices. Pero eso no pasaría según sus cálculos.

Bruno tomó un respiro, aislado en una esquina de la terraza, pensando en su situación. Reflexionó y concentró su inteligencia en traducir la letra de la primera canción que Zazzo interpretó. Pensó para sí:

Es el palo, es la roca, es el final del camino.
Es el lugar de descanso, es un poco solo.
Es un fragmento de vidrio, es vida, es el sol.
Es la noche, es la muerte, es una soga, es el gancho.

Después de este intríngulis en su cabeza y combinado con un acto de debilidad, Bruno le dijo a la garota que le gustaba.

Si gustan la versión estenográfica, fue así:

—¿Oye?, me gustas.

No hubo respuesta. Unos pajarillos trinaron, unos grillos grillaron, una decena de estepicursores rodaron frente a nuestros héroes, pero no pasó más.



Alguien insistió con que ella tocara algo y Zazzo hizo gala de su talento, interpretó “Desafinado”:

Se você disser que eu desafino, amor
Saiba que isto em mim provoca imensa dor
Só privilegiados têm ouvido igual ao seu
Eu possuo apenas o que Deus me deu

El cargamento de cervezas de Bruno descansaba ileso sobre la hielera, pero con el golpe al ego tan fresco escarbaba entre el mar confuso de hielos, aluminio, vidrio y agua helada en busca de sus cervezas, tan ajenas como sus recuerdos, su presente y su futuro: la misión y la saudade.

El argentino acudió en ayuda de Bruno:

—¿No encontrás cervezas, ché? Acá tengo unas para vos.

En el momento en el que Bruno desistió de buscar una de las cervezas que él mismo trajo, una marca de Jalisco, el argentino le ofreció lo primero que pescó. Bruno vio dos cosas: una cerveza citadina en su mano y a Zazzo irse con alguien. Bruno apagó su cigarro arrojándolo en la dirección del argentino, mismo que le reclamó: ¡Estás loco!

Bruno renunció a la misión. Ha sido derrotado por un enemigo anónimo, al cual no pudo ni subir la guardia, no le vio el rostro, el enemigo perfecto.

Bruno es una tortuga con la cabeza enconchada, es una avestruz con la cabeza bajo tierra, es un detective fracasado: Bruno Guitierrez en Nakatomi…. Pufff. Nadie hablará de esto.

Una vez que está en el elevador, Bruno pulsa el botón: PB. Nada sucede. Claro. Sólo la huella digital de los empleados y de los arrendatarios puede desbloquear el sistema de los elevadores.

—¡Chingado, error de novato!— Se recriminó Bruno.

Con el mismo sigilo con el que llegó al ascensor, Bruno caminó hasta las escaleras. 14 pisos escaleras abajo no son obstáculo para un hombre como él, de hecho, no son un obstáculo para casi nadie.

Bruno bajó rápidamente piso tras piso, escalera tras escalera, a una velocidad que le sorprendía.

Claro, su vergüenza lo perseguía en esa carrera.

Al igual que al ascender en el veloz elevador vio cómo se prendían y apagaban las luces. En este caso activadas por los sensores de movimiento.

Lo que inició como una misión de rescate se convirtió en un honroso escape en la mente y corazón de Bruno Gutiérrez, que al llegar al piso 2 se sintió liberado… 4.5 minutos después de que decidió bajar por las escaleras

***

La espiral que cada corredor de escaleras le ofrecía la libertad terminó en el piso dos de Nakatomi. No era capaz de bajar más. Podía, sin embargo, ver un bonito patio con juegos para los niños, plantas, bancas… El obstáculo entre su salida digna y la ignominia estaba en datos biométricos a los que nunca tuvo acceso.

—¡Ah, pero qué pendejo soy!

Bruno subió uno a uno esos 14 pisos. Su condición no era la de hace años. Uno a uno subió los pisos que bajó a toda prisa. Piso a piso vio cómo se encendía la luz emanada por el sensor de movimiento. Nivel a nivel se le agotaba el aliento.

Después de mucho sudor y algunas pausas para recuperar el aliento, nuestro héroe logró subir los 14 pisos, o 12, que es lo mismo en 14.5 minutos.

Sudado y humillado Bruno vio a los invitados de Zazzo poniendo en llamas el techo, como dirían los americanos.

Sin energía ni expectativas. Bruno buscó a alguno de los empleados que pudieran activar el elevador, a alguien que tuviera esa huella digital que él no tenía. “¡Qué pendejo soy!”, pensó Gutiérrez.
Con la respiración acelerada y sudado como un cerdo, Bruno Gutiérrez esperaba en el pasillo por algún empleado que lo llevara a la salida con su huella digital.

Mientras esperaba con la espalda pegada a la pared el argentino pasó frente a él.

—Ché fumémonos un cigarrillo.
—Nah, ya me quiero ir.
—Venga, loco, por Boca.
—Dale, che. El último cigarrillo…— Dijo el argentino blandiendo una cajetilla de Lucky Strike.
Bruno se despegó de la pared en la que estaba recargado y fue por su último cigarro al mismo lugar donde conoció al argentino. Lo encendió con la emoción del primero que no lo mareó, en la época de la secundaria.
—¿Oye? Y la Zazzó— preguntó Bruno por nuestra heroína.
—Hace tiempo que no la veo, che. Pensé que estaba con vos.

Bruno aventó su cigarro hacia su nuevo y único amigo en esta fiesta, pero éste no lo notó.
Se apresuró al pasillo del elevador y vio que había tres o cuatro personas entrando a este.
Por última vez vio la luz aparecer y desaparecer piso tras piso.
45 segundos.

—Buenas días, señor.

Bruno abandonó la torre Nakatomi en silencio. Se palpó las bolsas en busca de sus cigarrillos y encontró el último pitillo del paquete de sus Lucky Strike arrellanado en el fondo de su cajetilla.
Había caminado 10 o 20 metros fuera de la Nakatomi cuando encendió su Zippo e inhaló el cigarro liberador. Volteó a la nefanda y enorme construcción y vio que la cima estaba en llamas, que Zazzo se abrazaba alguien de su misma complexión. Por algún milagro él fue el último en salir antes que la fiesta literalmente incendiara el techo.

Bruno no consignó nada de esto a nadie. Huyó de la escena tan callado como llegó.

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