Resulta
extraño a primera vista que Fadanelli ganara el Premio Grijalbo de Novela 2012
con Mis mujeres muertas. No por la
calidad del escritor capitalino, sino por el tema: la muerte de su madre. A
esto se le suma que en el jurado figuren Enrique Serna y Julián Herbert, ambos
con novelas recientes con trama similar; las muy personales, desgarradoras y marcadamente
autobiográficas Canción de tumba de
Herbert (Mondadori, 2011) y Fruta verde de
Serna (Planeta, 2006).
Parecía
que el asunto se volvía penosamente popular y naturalmente efectivo entre el
público. Los tres autores, dueños de grandes plumas, aprovecharon su talento
para construir relatos conmovedores, expiatorios y efectivos que hicieron mella
en sus seguidores y conquistaron nuevos públicos. ¿Fadanelli hablando de su
madre? ¿Tiene? Al parecer sí, bien puesta y mejor representada en un relato que
a las pocas páginas derrumba los prejuicios con los que comienza esta reseña.
Mis mujeres muertas es, al contrario de lo que parece,
una prueba de madurez en Guillermo Fadanelli, un paso rotundo en el espacio
novelístico mexicano, del cual se había alejado con la pretenciosa Hotel DF (Mondadori, 2010) en la que un
periodista de medio pelo, que inexplicablemente se hospeda en un hotel del
Centro, termina convirtiéndose en un predicador de Cioran.
Otro
acierto es que después del proyecto ensayístico de En busca de un lugar habitable (Almadía, 2006), libro impresionante
que demuestra su portentosa capacidad de análisis y que seguramente permeó Hotel DF, Fadanelli se alejara lo
suficiente de sus preocupaciones filosóficas y dejara hablar a sus personajes
un poco más como personas de carne y hueso, como chilangos, que demostrara el
gran oído que tiene para retratar el lenguaje urbano y que conviviera de forma
más natural su oscura visión de mundo, con la naturalidad de su obra, su
fluidez y, sobre todo, con la verosimilitud.
Los
personajes de Guillermo Fadanelli siempre tendrán preocupaciones extravagantes,
pensamientos insólitos, reflexiones desoladoras, eso está claro y no tiene por
qué cambiar. Sin embargo, sus protagonistas ya no tienen rotulado en la frente:
Bukowski, Cioran o Camus. Dice una de las primeras descripciones de su
protagonista, y respiramos aliviados:
Carecía
de ambiciones intelectuales, pero la lectura calmaba por momentos su constante
e incómoda ansiedad; leía a Kafka, a Fernando Pessoa y a Roberto Arlt […],
devoraba revistas viejas, libros de geometría; aprendía nuevas palabras del
diccionario de María Moliner (sabía que el papel de estrasa, en realidad se
escribía papel de estraza).
Encontramos
aún frases inverosímiles o forzadas, por ejemplo cuando un funcionario de
gobierno de extracción humilde que se la pasa mentando madres tiene un momento
de genialidad y suelta en medio de una discusión de despacho: “En todas las
familias hay un loco, o un holgazán que simula estar loco. Los envía Dios para
hacernos la vida pesada”, uno se pregunta de quién será la cita. Seguramente es
del mismo Fadanelli, pero se nota que se la robó su personaje y suena a mala actuación.
Novela
ágil, de capítulos cortos y perfectamente estructurados, Mis mujeres muertas tiene otra cualidad que no poseían sus relatos
de largo aliento: la sorpresa. Retoma lo logrado en ¿Te veré en el desayuno? (Almadía, 2009) y lo utiliza en una novela
más larga que nos presenta a un personaje alcohólico que tiene la misión de
poner una lápida en la tumba de su madre (situación que Guillermo ha declarado
que es completamente autobiográfica), para luego enterarnos de que este mismo hombre
ha perdido a su esposa y después presentarnos un giro magnífico con una tensión
sexual que raya en la pederastia.
El
alcohol es quizá el hilo conductor del relato. “El DF es imposible sin algún
estimulante”, declaró el escritor para hablar de esta novela en el diario El Mundo (viernes 8 de septiembre de
2012). La realidad de Domingo Mancini, la lápida de su madre, Sara Mancini en el
Shadow estacionado afuera de su edificio, el vacío de su esposa Sara K, sus
insoportables hermanos, el hastío de continuar, todo eso se hace más llevadero
con un ron, un tequila, un mezcal, unas cervezas, un ginebra… hay variedades
para todos los tomadores y Domingo en algún momento estará tomando lo que a ti
más te gusta, sin importarle si está bueno o no.
Desde
la simpática anécdota del precio por letra en la lápida de su madre (“¡Veinte
pesos por letra!”), pasando por la noche en que deja la cajuela de su coche abierta
y despierta a medio día pensando que se la han robado, los humores etílicos van
guiando el rumbo de las acciones, no Domingo y menos quienes lo rodean:
Qué
dicha tan grande para un hombre que las observaciones sobre su persona no lo
perturben en nada. Sobre todo si está tan borracho como un odre o ha decidido
que su existencia es la pésima broma de un dios que no conoce la bebida; un
dios sobrio, vaya calamidad.
La
otra veta del relato es la juventud femenina como fuente de vida, catalizador
de energía en el más desgastado humano. La figura de 12 o 13 años de Isolda
(luego el personaje le irá subiendo la edad conforme va perdiendo el control),
su vecina, estremece la monótona, taciturna y, sin duda, tranquila realidad de
Domingo:
Existe
un camino que une la temprana ondulación de los senos, los pezones duros y la
sonrisa de sabiduría maliciosa que les viene a las mujeres de algún lugar sin
nombre ni dirección: un lugar. Niñas que dan la impresión de venir a pie desde
la nada sólo para traer vida y perturbar y mirar con curiosidad lo que conocen
no gracias a experiencia, sino al hecho de haber vivido ya en el pasado, niñas
que lo saben todo. La pequeña Juana de Arco, Dolores Haze, Rosetta y Perdita
Durango, todas ellas se reunían en esa tripa de doce o trece años llamada
Isolda.
Al
presentar su libro, Fadanelli alude a la literatura rusa y dice que espera que
esos novelistas y esos temas habiten esta obra. Tal vez su relación con la
literatura rusa se malinterprete con una temática nabokoviana. En realidad se
trata de un príncipe de cantinas. Un príncipe Mishkin (El idiota de Fedor Dostoievski) idiotizado con alcohol que busca
sobrevivir a su reino, en este caso la colonia Escandón, y se enamora de la
joven princesa Isolda. Nada que censurar a pesar de que Domingo se contenga y
recrimine al principio.
Mis
mujeres muertas
Guillermo Fadanelli
Grijalbo
México
2012
210 pp.
[Publicado en az, Revista
de Educación y Cultura, No. 63, noviembre 2012]





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