Las chácharas




Quizá sean las chácharas el lugar que más me recuerda a mi madre, quizá sean su más divertido legado, mi costumbre más arraigada. No sé qué me gusta más de ir a las chácharas —tianguis, mercado sobre ruedas, baratillo, ustedes díganle como quieran, yo les digo chácharas—, pero pocas cosas me gustan más que ese ritual de cada domingo con la promesa de un fantástico hallazgo.

La aventura comenzaba temprano. Desde las 8 de la mañana nos preparábamos para salir. Salíamos con la “panza de farol” —como decía Yolanda, mi madre—, en ayunas, con bolsas, mochila, la ropa más fodonga que tuviéramos, tenis y gorra, cosa importante para evitar la insolación. Estoy consciente de que hay gente chachareando desde las seis de la mañana y los respeto, pero no ha sido nuestro caso.

Calles llenas de lonas de plástico en el piso y tiendas improvisadas para combatir el sol debajo de las cuales la gente vende lo que ya no usa, eso a lo que otros le pueden sacar provecho, lo que perteneció a alguien más. Hules azules, rojos, verdes y amarillos preservan lo alguien más atesoró, eso que estás buscando, al mejor e inigualable precio. Es a la vez un cementerio, un escaparate y un ritual de resucitación.

Así —ya preparados y en ayunas— nos internábamos en la colonia Doctores, unas cuadras con pocos edificios, con el sol cayendo a plomo en las calles, en el asfalto sobre el que se colocan los puestos que contenían los ingredientes necesarios para hacer mi infancia maravillosa. Mi madre me llevó de la mano a ese lugar en el que estaban las figuras de Star Wars de Kenner, los G.I. Joes gringos, no los que vendían en Juguetibici —hablamos de la época pre TLCAN. Imaginen a un niño de menos de 8 años, feliz por poseer el Halcón Milenario o un Snake Eyes en perfectas condiciones, con su envoltorio original y la descripción del producto en inglés en un país que tenía una restricción severa en el tema de las importaciones.


      — ¿Cuánto por ese mono? —decía Yolanda con voz templada, como regañando al vendedor.
   100, güera. —contestaba nuestro marchante favorito, el “Güero”, que traía mercancía de Estados Unidos, esperando que Yolanda no lo regañara.
   A ver, ¿sí lo quieres? —Ahora me regañaba a mí, como diciendo “ay de ti si no juegas con esa madre, cabrón”.
   Sí, mamá. —con voz de baboso y viendo de reojo al “Güero”, que se burlaba de mí con la mirada.
   80, ya. —cuando recuerdo el tono decisivo de Yolanda, esa voz de matrona dictadora, entiendo por qué el “Güero” reculaba y decía:
   Sale pues, madre.

Gracias a mis chácharas, los niños de San Ángel, del Pedregal o de Polanco no eran más que yo. Sí, mis muñecos eran falluca (término casi en desuso, pero que con Trump puede regresar y que refiere a la mercancía importada ilegalmente de Estados Unidos debido a las restricciones de impuestos, aranceles y libre mercado entre ambos países en aquel tiempo), pero se trataba del mismo monito. Y así también, se encontraban en las mismas calles las mochilas Jansport, los tenis Nike, los pantalones Levi’s y las playeras gringas de súperheroes de Marvel y DC que presumía a mis amigos en la escuela.

Este barrio peligroso que visitamos cada domingo desde que tengo uso de memoria hasta que tuve que ir solo, está dominado por locales de autopartes revendidas en el que te roban algo mientras te venden otra pieza. Quizá adquieras el mismo tapón que tenías en otra llanta, al menos eso cuenta la leyenda urbana.

Sobre Dr. Vértiz, cruzando el Viaducto Miguel Alemán y extendiéndose sobre Dr. Federico Gómez Santos y Dr. Norma hasta el Eje Central Lázaro Cárdenas están mis chácharas favoritas, quizá no las más grandes, ni las mejores, ni las más tradicionales. Una de las zonas más peligrosas de la ciudad se convierte en un lugar de verbena popular en el conviven niños, perros, ancianos, morenos, güeros, gays y heterosexuales, rateros y gente decente... en fin, familias que llevan un poquito de la quincena o de la ganancia de su negocito para agasajar a los suyos con algo que en Liverpool o Palacio de Hierro costaría, en promedio, diez veces más.

Luego de comprar un par de juguetes, de escoger algo de ropa en los puestos de paca, de examinar exhaustivamente cada puesto, de que mi madre pasara los dedos índice y pulgar en cada prenda que le gustara, comprobando la calidad de la tela, sólo entonces, 4 o 6 kilómetros después, nos sentábamos a comer en la exquisita barbacoa de otra “Güera” o en los tacos de gorditos de chicharrón y chamorro, o en los tacos de milanesa con un pico de gallo espectacular que vendía una señora frente al edificio en el que suponíamos vivía y que un malhadado día dejó de ponerse. Es el puesto de comida que más extraño y que aún rememoro como uno de los manjares más exquisitos que he probado, una combinación tan simple que llevada a la perfección por aquella señora se volvía en un manjar comparable con las mejores gangas que he comprado ahí. Pasar por esa zona del tianguis y decir: “¿Qué habrá sido de esa señora?” era un Déjà vu de cada ocho días hasta que Yolanda dijo: “Yo creo que se murió”. Cómo se puede morir alguien que hace algo tan rico, pensaba. Nunca más pregunté por la señora, eso sí. 


Había otro lugar, el favorito de mi madre. Un puesto de finas flautas, quesadillas, gorditas, chilaquiles en el mercado fijo de la Doctores, el mercado “Morelia”. Una marchanta —exquisito galicismo que devino del marchand francés al “marchante” más chilango y común para referirse al comerciante— que se parecía a mi abuelita y a la que Yolanda gustaba visitar y ver imaginando que doña Estela, mi abuela, nos servía un delicioso desayuno como desde su lejana Guadalajara, directo a la Buenos Aires, a pocas cuadras de nuestra casa. Alguna vez le confesó el parecido a la marchanta y después de eso fue como si visitáramos a alguien de la familia, excepto porque al final teníamos que pagar la cuenta. Flautas de papa con queso y gordita de chicharrón eran el menú obligado del ansiado desayuno del domingo, luego de chacharear.

Ese verbo, “chacharear”, implica asolearte, caminar todo el tianguis, regresar para ver si en la segunda vuelta encuentras un mejor precio en la imaginaria lista de compras, en el virtual “carrito” de los sitios de venta por Internet, impensables en esa época en la que ni computadora tenía.

Después del boom de los juguetes gringos, las chácharas tuvieron otra cosa que ofrecerme: ropa. Tengo un ridículo y enorme guardarropa gracias a la paca. Quizá sólo a través del ejército de salvación tuve camisas Ralph Lauren o pantalones Diesel, o buenos tenis (aunque nunca unos Jordan) en mi adolescencia en la que —como su nombre lo indica— carecía de los recursos para vestir con cierto lujo. Buenas camisas por 20 pesos, incluso a la fecha. La ropa cara (escogida y colgada en las paredes de los puestos) está de 100 en adelante. Ya más de 200 por prenda es una locura si has crecido con los beneficios del hallazgo de a 10 y 20 varos, si —como todos los asiduos a las chácharas— has desarrollado un sexto sentido para encontrar entre la maraña de telas una playera, una buena chamarra, una prenda acorde a tu gusto. Recuerdo que justo en esa época tuvimos el menor presupuesto en nuestra historia chacharera y sólo la paca más barata merecía nuestra atención, la ropa cara era admirada rápidamente, sin verla lo suficiente como para crear un deseo y luego una frustración por no adquirirla.

Otro tema de chacharear son esas cosas que no compraste. Ay, aquella camisa, el vestido que le gustó a Yolanda, el muñeco o el aparato (término genérico para cualquier dispositivo electrónico) al que no le quisieron bajar 50 pesos del precio, al que ya no llegabas al precio mínimo por andar comprando otras cosas. Algo que quizá nunca volverás a ver. Ay.


—¡Mira cómo se vende lo robado! —gritan los pregoneros de la paca más subversivos.
—¡Bueno y bara-bueno y bara‑bueno y bara! —exclaman los más tradicionales.

En medio del griterío la gente se arrebata una prenda, cada uno con una manga en su extremo. Arremolinados ante la oferta y, otra vez, la promesa de algo que les guste.

—Mira, ma’ —le decía a Yolanda aventándole una blusa de un extremo a otro de los camastros que sirven de exhibidor de la ropa.
—Ah, está bonita, guárdala.

Sobre el hombro van las prendas escogidas; entre las piernas se colocan las bolsas de lo ya comprado; la señora va siempre con su bolsa bajo el brazo y el monedero en el escote. Alguna vez mi madre perdió momentáneamente su monedero entre la paca por llevarlo en la mano mientras escogía ropa.

—Se me perdió el monedero.
—A ver, búscale —dije estúpidamente mientras ambos abríamos bien los ojos para escanear entre mangas, cuellos, colores y tipos de tela. Pensando que tendríamos que regresar pronto a casa, sin nada en las bolsas. ¡Era el primer puesto que veíamos!
—Ay, aquí está —dijo tranquilamente, como si no hubiéramos sentido el sudor frío en la espalda ante la posibilidad de una aventura dominguera frustrada.

Lo que al principio está enfocado en conseguir la marca buena se convierte en un catálogo interminable de diseñadores esperando satisfacer tus exigencias. Sí, bueno, dice: “Calvin Klein”, pero me gusta más esta playera y cuestan lo mismo. Evitar vestirme con ropa de la Comercial Mexicana no es poca cosa y gracias a la paca de mis chácharas este fue un paso natural en mi vida.

Luego llegaron mis obsesiones. Al entrar a la universidad en el año 2010 y a lo que podría llamarse la “primera adultez” —valga el término— comencé a definir mis prioridades. Éstas fueron los aparatos de sonido, los discos de vinilo y los libros. Estudiante de Letras Hispánicas y melómano en ciernes, un mundo nuevo se abrió ante mis ojos en las mismas chácharas que conocí desde siempre. Para mí se trata de un fenómeno sólo comparable al que sucede cuando deja de interesarte jugar con tus amigos para buscar conocer a la vecina, en el mismo barrio, con los mismos amigos y en las mismas circunstancias de siempre. El escenario es el mismo, los elementos han estado frente a ti todo el tiempo, pero apenas ahora te llama más la atención una copia en buenas condiciones de Pérez Prado o de Juan Torres y su órgano melódico que los G.I. Joe’s y los pantalones Diesel.


—Ay, Imelda Miller —dijo mi madre alguna vez que tomé un vinilo de la cantante mexicana—. Era bien borracha, te va a gustar.
—¡Cálmate! —le dije un tanto indignado a Yolanda. Al revisar la lista de canciones del disco noté que tenía una versión de “Sunny”, original del Bobby Hebb— Esteeee, ¿a cómo el disco? —pregunté discretamente al marchante y de reojo vi que Yolanda sonreía satisfecha.

Comencé a buscar en las primeras páginas de los libros para averiguar de qué edición se trataba, aumentaba mi biblioteca; buscaba en la contraportada del vinilo rolas conocidas y a veces ni siquiera eso, gran parte de mi colección de discos fueron escogidos con base en la apreciación estética de las portadas.

Todo esto tiene como testigo al marchante que cargó todo eso para llevarlo ahí, como Jibarito del “Lamento borincano”:

Si vendo toda la carga, mi Dios querido
un traje a mi viejita, voy a comprar.

Yolanda tuvo acceso y disfrutó de mi biblioteca. Le gustó mucho, por ejemplo, la novela del colombiano Santiago Gamboa, Los impostores, comprada en las chácharas y perdida en su clínica del IMSS, cuando fue al baño y la olvidó por lavarse las manos. Conseguida una vez más en la Buenos Aires y terminada por ella frenéticamente, emocionada. Más de dos vidas tienen las cosas y más de una oportunidad tiene el mismo artículo con un nuevo dueño. La vida no es tan generosa, las chácharas sí.

Libros —que nada tienen que ver con el ejército de salvación, ni la falluca— son hallazgos del ropavejero, de la basura. Cuando yo muera, ¿cuántos lectores encontrarán mis libros? ¿Cuántos escucharán una vez más mis discos? ¿En qué barrio? ¿En qué manos acabarán mis cosas? ¿Las cuidarán bien? ¿Encontrarán rápido un nuevo dueño? ¿A qué se dedicaba el anterior dueño de mi playera favorita? ¿Vivirá?

La última etapa de ir a las chácharas con mi madre fue distinta, mejor. Vivíamos separados, ambos teníamos nuestras obligaciones: ella su negocio, yo mi trabajo y cada quien su casa, separadas apenas por 7 cuadras. Pero los domingos nos organizábamos para ir, chacharear, comprar comida y regresar a mi casa a ver una película, comer y dormir un poco.

Ella caminaba cada vez más despacio, tampoco estaba tan grande, tenía 68 cuando murió, pero se veía de 50.

Al morir, lo primero que hice fue juntar toda su ropa, sus bolsas, carteras, zapatos, los libros de aventuras y detectives que yo no iba a leer y los llevé a un dispensario anexo a un albergue de mascotas. Una pequeña cháchara ubicada exactamente entre la casa de mi madre y nuestras chácharas, y que funciona para ayudar al mantenimiento de los animales que ahí rescatan y ofrecen en adopción. 


Se fue Yolanda, como se fue la marchanta de los tacos irrepetibles de milanesa, como deja de funcionar un aparato, tan sencillo y complicado como aceptar que nada es para siempre. En el albergue encontré a Ramona, una perrita criolla entre schnauzer, hiena y callejera que ahora me acompaña en mi recorrido dominguero.

Yolanda me dejó preparado en muchos aspectos, pero en el tema de las chácharas lo hizo en el arte de regatear, de escoger, de llevar el dinero necesario, de comer en los lugares ideales, de dejar ir sus cosas para que alguien más —una desconocida— haga uso de ellas. Alguna señora anda ahora con la blusa favorita de mi madre, la que adquirió en su puesto favorito, con la primera marchanta que me preguntó por ella e inmediatamente me dio el pésame. Por ahí anda una señora con su ropa y, así, multiplicado varias veces.

Me da envidia ver en las calles de nuestras chácharas a hijos con su madre, escogiendo algo, regateando, comprando, sonriendo mientras se llevan un tesoro al morral, peleando. Pero eso ya lo vivimos ella y yo y ahora me toca seguir con la tradición e ir y chacharear solo mis cosas.

A veces paso por puestos de ropa y veo una blusa perfecta para Yolanda, de su talla, de su gusto y paso los dedos índice y pulgar por la tela como lo hubiera hecho ella. Sólo para rendirle un tributo, inmediatamente después me concentro en lo demás.

Ahora la cháchara es un lugar domesticado, prometedor y familiar. Ya no existe ese miedo a regatear, ya no me espantan los marchantes enojones. Ya sé que traigo equis cantidad de dinero y no más. Al dejar de ir con ella cambió mi actitud chacharera, no puedo ser la madre dictadora que hacía recular al “Güero”, pero puedo ser el grandote-mamón-que-no-se-encabrona. Es el momento en el que te conviertes en un coleccionista y compites con el marchante. Si sabes más que éste —y sólo sí esto pasa— puedes negociar un precio, fingir desdeñar el producto, volver luego de una pesada caminata para convencerlo de que eso que trae no vale nada y que le estás haciendo un favor quitándole el trabajo de cargarlo de vuelta a su casa.

Por otro lado, los buenos marchantes tratarán de convencerte que esos platos de cerámica pertenecieron al imperio japonés del siglo X y que están perdiendo dinero en pos de colocarlos lo antes posible con un nuevo dueño.


En cierto sentido la Buenos Aires ha cambiado desde hace dos años que voy solo o —mejor dicho—, sin ella. Continúa esa fuerza inagotable de un montón de gente, de todas partes de la República e incluso desde Estados Unidos, mexicanos y gringos, que  trabajaban codo a codo —a veces sin quererlo— para que tus chácharas lleven hasta tus manos estos productos. Está la gente de la ciudad y de otros estados que donan, venden, malbaratan, regalan y tiran lo que alguien alguna vez atesoró como uno de los mayores logros de su vida.

El chacharero avezado se acerca, pregunta, negocia, al final se lo lleva a casa y —aquí mi parte favorita—, toma la cháchara entre sus manos, la acaricia y, en ese reconocimiento táctil, absorbe todo el pasado que carga ese objeto.

Los hombres, como los objetos, somos finitos y tenemos como única seguridad que dejaremos de funcionar, pero habrá que procurar sacar el mayor provecho de esa vida productiva. He enfrentado la muerte de mi madre, mujer extraordinaria que me llevó a conocer este mundo en el que la mayoría de lo que ves perteneció a alguien más y luego pasa a tu resguardo. Eso que llegó a ti por vías tan intrincadas y que dejará de ser tuyo algún día.

En las chácharas compras algo y en un principio no importa cuál sea su origen. Lo importante es que gastaste una módica cantidad de pesos por algo que a tu tacto, a tu olfato, a tu vista, a tu oído y en ciertos casos a tu gusto es justo lo que buscabas e incluso más de lo que esperabas, es una ganga. 


Lo valioso no es tanto el objeto, sino el hallazgo. Así como nuestra naturaleza es la de ser exploradores, nuestros descubrimientos son tesoros. Hay pocas cosas tan satisfactorias en mi vida y que le den un tributo tan apropiado a mi jefecita como ir a mis chácharas con poco dinero y regresar cargado de joyas en una de esas bolsas que venden ahí, manufacturadas con sobrantes de costales de azúcar y maíz.

La última vez que fuimos mi madre y yo a las chácharas, un puesto de carritos Hot Wheels captó mi atención, me puse en cuclillas y Yolanda se detuvo para observarme:

—Mira —le dije, sosteniendo un carrito de Peanuts. Era, es, la casa de Snoopy convertida en un bólido y el perrito creado por Schultz montado en el techo haciendo la mímica de sostener el volante.
—Qué bonito —dijo ella, sabiendo de mi fascinación por los juguetes y por los personajes de esa tira cómica.
—¿Cuánto?
—Tal.
—Va —hay cosas que no se regatean.

Hoy ese carrito está en el altar que tengo dedicado a mi jefecita, del mismo modo que ella ponía juguetes, joyas, velas, fotos y estampas de santos para sus muertos y que he montado en mi casa con velas e inciensos comprados a los mismos vendedores de los que adquiría tales productos.

Hace ocho días fue la fiesta patronal del templo del barrio de nuestras chácharas: la Virgen de San Juan de los Lagos.

Se monta una pequeña feria que bloquea el tránsito del eje Dr. Ignacio Prieto que hacia la colonia Roma se convierte en la avenida Baja California. Venden pan, hay algunos juegos mecánicos y mucha pirotecnia.

Ramona lo pasó mal y yo también porque no hay todos los puestos que uno espera. Anticipando esta crónica pregunté a los locatarios qué santo se celebra y me sentí estúpido por no saberlo. No es un santo; es una Virgen, menso. 


Ramona recibió su recompensa a tanta explosión con un juguete nuevo, el espectro de búsquedas ahora se amplió a productos para perros. Ramona ya tiene sus chácharas y regresamos caminando a la Narvarte para comer, ver una película, disfrutar de nuestros hallazgos y esperar al siguiente domingo.

Cuando dejemos de ser, de existir, habrá un lote de productos dignos para la cháchara, artículos que alguien anhela. La distancia entre ellos y tú muchas veces está definida por un submundo económico que yo nombro aquí como chácharas y que espero que llegue a ti y te haga tan feliz como me ha hecho a mí… y al mismo bajo precio.


Comentarios