Una justificada desconfianza nos impide asociar a la “caja idiota”
con la “alta cultura” y hasta hace no mucho—con sus honrosas excepciones—
era natural pensar en los productos televisivos como en mercancía
hecha a la medida de ciertos intereses comerciales e ideológicos.
Parecía imposible que la televisión comercial compitiera con el
cine de arte, justamente por contar con pausas para ir al baño o el
famoso zapping (interminable y metódico cambio de canal). La
concentración que requerimos al ver un programa del prime time es
mínima, las historias vienen ya digeridas y las tramas son, en general,
muy simples; los personajes están encasillados en buenos y malos y la
posibilidad de reconocimiento queda supeditada a una decisión moral:
¿Qué bando adoptar?
Apareció entonces, hace diez años, The Wire, producida por
hbo y que trata sobre varios aspectos de Baltimore, Maryland, en sus
cinco temporadas. En la primera se analiza la lucha entre los
distribuidores de droga de West Baltimore y el departamento de
policía (tema que se extenderá durante el resto de la serie); en la
segunda se trata el tema de la Norteamérica postindustrial con el
agonizante muelle de Baltimore como telón de fondo; en la tercera
presenciamos el intrincado mundillo de la política y la
burocracia, completamente corrompido; la cuarta temporada se centra
en el problema de la educación pública, y en la quinta se retrata la
caída de los diarios impresos.
Todo esto a través de una veintena de personajes que
fluctúan entre la bondad y la maldad, sin importar si se trata de
maleantes, empleados públicos, comunicadores, estudiantes u
obreros. David Simon, creador, escritor y productor ejecutivo de la
serie, declara en la introducción del libro The Wire: 10 dosis de
la mejor serie de la televisión (Errata Naturae, 2010): “Lo
primero que tuvimos que hacer fue enseñar a la gente a ver la televisión
de una manera distinta, a hacer un alto para prestar toda su
atención, a sumergirse de una manera que el medio no exigía desde
hacía ya mucho”.
Los guionistas de The Wire, responsables absolutos de los
contenidos (David Simon, George Pelecanos, Robert F. Colesberry, Ed
Burns, Richard Price, Rafael Álvarez y Eric Overmyer) son prestigiados
escritores de novela negra, detectives retirados o
periodistas frustrados por la corrupción de la Norteamérica olvidada
y abatida por la última recesión. Hablando por sus compañeros, Simon
declara: “Somos una especie de inadaptados sociales y aunque
esperamos que el programa sea suficientemente entretenido, ninguno de
nosotros se ve como una fuente de entretenimiento. Nuestra
motivación es […] de índole periodística o literaria”.
El primer aspecto de esa motivación literaria que buscan cuidar es
la verosimilitud y, como en las grandes novelas, sus personajes deben
ser complejos, multifacéticos. “The Wire no hubiera existido de no
ser por HBO”, concluye al respecto el creador de la serie. Lo extraño
del caso no son las pretensiones del autor sino la venia absoluta de
la productora: HBO. Quizá este programa, aun una década después de su
transmisión, es impensable en televisión gratuita. Las
circunstancias para que esta serie fuera posible pueden resumirse en
la siguiente declaración de Simon: “No, no es como si las almas más
airadas y alienadas de West Baltimore, Anacostia o Dorchester hubieran
secuestrado una serie de HBO […] pero es lo más cerca que ha estado
nunca la televisión de tal improbabilidad”.
The Wire tenía todo para perder: una historia de negros contada por un
guionista blanco (David Simon), una narrativa demasiado lenta en
comparación con el producto predominante, entrar en la casilla del sobre
explotado género policiaco, el realismo exacerbado de sus personajes, la
escasez de finales felices y el determinismo de su trama, por
mencionar algunos inconvenientes.
Sin embargo, tenía un gran punto a favor. Está planeada para que
las personas se identifiquen, para que un policía, distribuidor
de droga, adicto, político o periodista puedan decir frente a la
televisión: “Claro, esa es la gente que conozco. Así hablan, así son y
así nos la ingeniamos para seguir aquí”. Todos los demás, como el
ciudadano de a pie, pueden vincularse con un asesino y odiar a
un gobernador. Las barreras de lo bueno y lo malo ceden ante una
visión de mundo que pondera más lo correcto y lo incorrecto.
The Wire comenzó tratando de romper un mito norteamericano que hace
pensar que: “En este país, si eres más listo que elvecino —si eres astuto,
frugal o visionario—[…] tendrás éxito”, dice Simon. Pero aclara que en
varias ciudades de Norteamérica ya no es posible hablar de esto como una
ilusión: “Es, en una palabra, una mentira”.
La trama, antes que catalogarse como policiaca, debe verse como un
intento realista de retratar “esa porción de nuestro país que hemos
desechado, y refleja el coste que ha tenido para nuestra psique nacional
el hacer eso. Es […] una serie de televisión sobre la política, la
sociología y, a costa de aburrir alos telespectadores con esta noción, sobre
la macroeconomía”.
Baltimore es una sinécdoque que busca transmitir lo que pasa en
Manchester, Ámsterdam, la ciudad de México o Río de Janeiro. Los
guionistas no son estibadores, drogadictos, detectives o traficantes y
no pretenden adoptar sus voces, sino hacerles eco.
LA NOVELA TELEVISIVA
Al iniciar la transmisión de la primera temporada, la HBO concertó
varias entrevistas para que su creador hablara sobre el
producto. Comenzó refiriéndose a su trabajo como “novela visual”. Los
primeros episodios de la serie, argumentaba, tenían que verse
como los primeros capítulos de cualquier libro. Piensen en los
primeros capítulos de cualquier novela que nos haya podido gustar,
por ejemplo, Moby Dick —le dije a un periodista por teléfono—.
En el primer par de capítulos no encontramos a la ballena ni a Ahab,
ni siquiera nos embarcamos a bordo [sic] del Pequod. […] Pues lo
mismo pasa aquí. Estamos ante una novela visual. Todo lo cual
me pareció excelente hasta que colgué el teléfono y me volví para
enfrentarme a una escritora de Baltimore apellidada Lippman, la cual
ha escrito y publicado nueve novelas de verdad y con la que, además,
comparto la cama.
‘Ante todo —me hizo saber—, te has comparado con Herman Melville,
lo cual, incluso según tu baremo, un tanto egoísta, es un
pelín exagerado. Y, en segundo lugar, si The Wire es realmente
una novela, ¿cuál es su isbn (International Standard Book Number)?’
El originario de Washington expone su poética: “La pauta que sigo
para intentar ser verosímil es muy sencilla: que se joda el
lector medio. Una persona ignorante que necesita que se lo expliquen
todo […]. Que le jodan. Que le jodan, pero bien”.
De acuerdo con Simon, la fuente de The Wire y su mayor
influencia al escribir es la tragedia griega. Se trata de un
determinismo drástico que “la mente moderna, en particular la
occidental, encuentra anticuado y desconcertante”.
La visión posmoderna occidental niega que aún seamos juguetes de unos dioses indiferentes. Esta idea se nos antoja supersticiosa. Mientras que Tony Soprano (The Sopranos) y Al Swearengen (Deadwood) parecen basarse en Shakespeare, en The Wire: Nos inspiramos en otro modelo, anterior y menos elaborado: los griegos; es decir, que nuestra línea temática se abreva masivamente en Esquilo, Sófocles y Eurípides. […] Nuestros protagonistas están marcados por el destino y se enfrentan a un juego previamente amañado y a su radical condición de mortales. […]. El Departamento de Policía, la economía de la droga, las estructuras políticas, el sistema educativo o las fuerzas macroeconómicas son los que arrojan ahora rayos jupiterinos y dan patadas en el culo sin ninguna razón de peso.






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