Hablar del inglés Oliver Sacks
(1933-2015) es hablar de uno de los grandes divulgadores de la ciencia de todos
los tiempos. Un neurólogo dueño de una portentosa pluma y una notable capacidad
para llevar de la mano al público lego hacia los fascinantes enigmas de la
mente.
Con más de una docena de libros a lo
largo de su vida, Sacks llevó al Best-Seller varios títulos que se
dedicaron a juntar sus dos grandes pasiones: la neurología y la escritura.
Resaltan Despertares (1973), El hombre que confundió a su mujer con
un sombrero (1987) y Musicofilia: relatos de música y el cerebro
(2007). Sin embargo, cualquier intento de resumen de su obra es injusto. Su
legado está en sus múltiples seguidores y en el prurito científico que ha
despertado en las generaciones que vivieron leyendo sus libros.
Sacks murió en 2015 tras perder una
batalla contra el cáncer. Semanas antes escribió su última columna llamada “Sabbat”
(https://www.abc.es/cultura/cultural/20150907/abci-oliver-sacks-sabbat-ultimo-201509071107.html), en la
que se despide con el corazón en la mano.
Y ahora, débil, sin aliento,
con mis antes firmes músculos desvanecidos por culpa del cáncer, veo que mis
pensamientos se dirigen no hacia lo sobrenatural o lo espiritual, sino hacia lo
que significa vivir una existencia buena y que vale la pena (alcanzar una
sensación de paz con uno mismo).
Dos meses antes de morir dejó preparada su
última obra: El río de la conciencia (Anagrama, 2019). Un compendio de 10
extensos ensayos sobre los intereses intelectuales de un hombre con un
conocimiento enciclopédico apabullante que, sobre todo, sabe transmitirlo.
Leemos a un Sacks que pareciera un niño
fascinado por sus juguetes y que de una forma muy paciente y metódica —como
administrando su emoción—, te va presentando uno a uno los elementos de su
colección.
El primero de sus ídolos en el orden en el que
se presentan en el libro es Darwin, al cual pretende regresar su calidad de
botánico experimental. Oliver Sacks nos coloca detrás de este titán mítico
entre los científicos y lo humaniza colocando aquí y allá pequeñas citas,
perlas que nos lo acercan tanto como cercano está a él, un gran estudioso de su
trabajo.
Darwin en Australia –cuando
todavía es creyente–, atónito al ver por primera vez un canguro («seguramente
el mundo es obra de dos Creadores distintos»).
A veces se dice que Dios
está en los detalles, pero para Darwin no era Dios, sino la selección natural,
actuando a lo largo de millones de años, lo que emanaba de los detalles,
detalles ininteligibles, sin sentido, si no era a la luz de la historia de la evolución.
La belleza natural, para
Darwin, no era solo estética, sino que siempre reflejaba una función y una
adaptación a la actividad desempeñada.
Sobresale en ensayo titulado “Velocidad”. Un
minucioso ejercicio que explica las diferencias entre la percepción temporal de
la mente y la acción del cuerpo a través del tiempo.
Sacks comienza por un recorrido por las
técnicas fotográficas y fílmicas para capturar en imágenes lo que el ojo humano
no puede percibir, así como por los recursos como la cámara lenta (que hace que
el batido de alas de un insecto sea comprensible para nuestra velocidad) o la
cámara rápida (que también nos muestra movimientos que no podemos por lo lentos
que son, como el brote de una flor), luego de esto aterriza en la experiencia
humana, y el relato se torna personal para inmediatamente acudir a alguna de
las innumerables referencias que posee:
Se dice a menudo que a
medida que uno se hace mayor el tiempo parece ir más deprisa, que los años
vuelan, ya sea porque cuando uno es joven los días rebosan impresiones nuevas y
excitantes, o porque cuando uno se hace mayor cada año se convierte en una
fracción más y más pequeña de la propia vida.
[]
La operación de la
percepción de la velocidad se transmite a menudo en películas como Matrix, que alternan
versiones aceleradas y ralentizadas de la acción.
el neurofisiólogo Benjamin
Libet, que investigaba cómo se tomaban las decisiones motoras simples,
descubrió que las señales cerebrales que indican un acto de decisión se podían
detectar varios cientos de milisegundos antes de que hubiera una conciencia
consciente de ello. Un velocista campeón a lo mejor ya había iniciado la
carrera y había avanzado cinco o seis metros antes de ser consciente de que se
había dado el pistoletazo de salida.
Como último ejemplo aquí propongo una
interesantísima reacción en la mente a partir de los recuerdos, las vivencias y
las referencias externas.
En 1993, cuando me acercaba
a mi sesenta cumpleaños, comencé a experimentar un curioso fenómeno: la
aparición espontánea e involuntaria de algunos de mis primeros recuerdos, que
habían permanecido aletargados durante más de cincuenta años. No solo recuerdos
sino estados de ánimo, pensamientos…
Sacks cuenta que recordó dos bombardeos que
sucedieron en su casa. Los recuerda vívidamente, con detalles: los colores, los
recovecos de casa de sus padres, las caras y reacciones de su familia, el frío,
el ruido…
Sin embargo, sólo fue testigo de uno. En el segundo no estaba en casa
y recibió un detallado relato en una carta de su hermano que lo fascinó.
Asusta pensar que nuestros
recuerdos más preciados podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle
ocurrido a otro.
Así pues, ocurre un fenómeno conocido como la criptomnesia,
un plagio involuntario. Un conjunto de referencias externas y estímulos propios
que hacen pensar que una idea es propia cuando en realidad proviene de otra
fuente.
Es posible que el término
«criptomnesia» deba conocerse mejor, pues aunque es posible hablar de «plagio
inconsciente», la propia palabra «plagio» lleva una carga moral tan grande,
sugiere tanto la comisión de un delito y un engaño, que conserva su estigma
ofensivo aun cuando sea inconsciente. En 1970 George Harrison grabó una canción
de enorme éxito, «My Sweet Lord», que resultó tener un gran parecido con una
canción de Ronald Mack («He’s So Fine»), grabada ocho años antes. Cuando el
asunto llegó a juicio, el tribunal encontró a Harrison culpable de plagio, pero
mostró una gran intuición psicológica y comprensión en su dictamen, pues el
juez concluyó: ¿Utilizó Harrison de manera deliberada la música de «He’s So
Fine»? Yo no creo que lo hiciera de manera deliberada. Sin embargo [...] según
la ley ha infringido el derecho de autor, y lo ha infringido igual aunque sea
de manera subconsciente.
Así como los anteriores abundan pequeñas
maravillas, secretos de la mente, descubrimientos maravillosos, referencias
enriquecedoras y todo lo que puede pedírsele a un divulgador de la ciencia.
El río de la conciencia
Anagrama
2019



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