Dame todo el págüer



Hace 21 años vio la luz el primer álbum de Molotov, ¿Dónde jugarán las niñas? (Universal Music, 1997). Ese mismo año, Cuauhtémoc Cárdenas ganó como jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, desbancando al PRI. Tres años más tarde, Vicente Fox Quezada terminaría con 71 años de gobierno priista. Me parece que alguna conexión tuvieron estos acontecimientos y que en esos tres años —de la aparición del disco al día de las elecciones presidenciales— se incubó un virus de insurrección, una suerte de despertar de una generación joven que se apropió de algunos versos de este disco y los hizo valer.

Lo que a la distancia parece una colección de canciones un tanto fresas y, sobre todo, políticamente incorrectas fue recibido en ese entonces como una afrenta a las instituciones, al gobierno, a la industria musical, a la familia… Con un corazón funky, un bajo poderoso, guitarras efectivas y estridentes, letras con una obscenidad muy natural y un sentido del humor afiladísimo ¿Dónde jugarán las niñas? penetró sin dificultad en un hueco que ni siquiera sabíamos que existía. Haciendo valer el juego visual de la famosa foto de la portada, se trataba de una acción de ayuntamiento muy turbia.



“Que no te haga bobo Jacobo / que no te haga bruto ese puto”. Aún sin querer ser puritanos, los que escuchamos por primera vez ese disco en nuestra adolescencia mirábamos de soslayo con encima del hombro para cerciorarnos de que no hubiera algún adulto censor en la habitación. En la época dorada de los discman, la mayoría aprovechábamos la intimidad de los auriculares para disfrutar esos placeres prohibidos sin miedo.

Antes de tener el disco en mis manos, mucho antes, recuerdo que en un tianguis al que iba con mi madre había un puesto de cassettes y discos piratas. Un tipo con una lona, cintas, cedes y una grabadora. Alrededor del puesto había un puñado de sujetos cantando a todo pulmón: “Chingo yo, chingas tú… ¡¡Chinga tu madre!!” Recuerdo haber buscado sus miradas con complicidad al tiempo de escuchar la expresión de reproche de mi madre: “Ay, estos mariguanos”.

Así los tiempos, así la realidad de la escena del rock mexicano de esos días. O muy meloso e insípido como Maná (del cual se burla Molotov en el título de su disco) o muy “serio” e intenso como Caifanes. Para llenar este vacío en el cual caben la irreverencia, la queja, el contenido social y la franca leperada había que recurrir a productos extranjeros antes de la llegada de Molotov.

Ya Olallo Rubio sugirió la importancia de Molotov en la sucesión presidencial del 2000 en su documental Gimme The Power (2012), sin embargo, vale la pena una nueva reflexión de este fenómeno. En la era de las redes sociales, lo políticamente correcto y la polarización social en las actuales elecciones presidenciales me parece imposible el surgimiento de un producto tan auténtico y valioso como el mentado disco de Molotov. 



En vez de apelar por un “Voto latino” —una unión de fuerzas— se opta por una cerrazón en la cual sólo hay aliados y enemigos. Existen dos posibilidades: compartir el discurso y adoptarlo como credo o declarar una guerra furiosa y salpicada de descalificaciones sociales, intelectuales, sexistas y las que más a la mano se encuentren para seguir defendiendo esa imaginaria atalaya.

“Hoy nadie quiere debatir. Todo es blanco o negro, estás conmigo o contra mí. Es horrible. A la gente le asusta decir lo que piensa”, dice Terry Gilliam en una reciente entrevista a El País. Quizá lo más preocupante de esto es la autocensura. Al ver este producto de 1997 y buscar un equivalente en estos días no me queda sino suspirar. Los términos eufemísticos invaden los discursos, el lenguaje es puesto a análisis y se le ponen una serie de prótesis en vez de dejarlo andar libre.

Más allá del discurso político, casi inexistente y muy básico que contiene ¿Dónde jugarán las niñas? (resumido en frases como: “Asesinos, es lo que son”, “igualdad de razas”, “ellos viven de lo que tú estás pagando”, “cambiar al gobierno de nuestro país” o “porque no nacimos donde no hay que comer; no hay por qué preguntarnos: «¿cómo le vamos a hacer?»”) sobresale la honestidad del mensaje, el remate directo: “Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger”.

Siguiendo con Gilliam, en la misma entrevista dice: “Tenemos que ser capaces de reírnos de las cosas. Tengo grandes amigos en la comedia que ahora tienen miedo a decir demasiado. Es horrible. ¡La comedia es tan importante! Derriba las cosas autoritarias, permite a la gente reírse de las vacas sagradas, hace a la gente pensar”.



Miedo a decir las cosas. Un miedo que nace y se justifica por nosotros mismos. Hoy mismo no se necesita —en este país, aquí y ahora— un gobierno represor que calle expresiones por faltarle el respeto a ésta o aquélla causa/persona/grupo/institución. Somos nosotros mismos quienes lo censuramos. La indignación y la reprimenda es inmediata y ataca tanto a expresiones criminales como a comentarios “inadecuados” por igual.

El lenguaje ha sido raptado y el humor ya es obstáculo más que un vehículo de la inteligencia para expresarse. La piel está muy delgada y el discurso usa guantes de latex. En 2013, Molotov censuró su canción “Puto”. En 2017, Café Tacvba dejó de tocar “Ingrata”.

Nuevamente Gilliam funciona como hilo conductor de este texto: “Me gusta usar palabras directas y simples. Ofender a la gente es muy importante en la vida. Sobre todo, ahora que las pieles son más finas. ¡La gente se ofende tan fácilmente! ¡Endurece tu piel! Los palos y las piedras pueden romperte las pelotas, pero las palabras no pueden hacerte daño. Son esas cosas simples de la niñez en las que creo”.



El lenguaje no es un arma de castigo o segregación; lo son las acciones específicas contra alguien. Más allá del valor lírico del disco en cuestión hay que poner en análisis el porqué de esta nueva visión en la que todos son intocables, en la que la libre expresión no existe ni en el nivel más básico, entre nosotros, los de a pie.

Este virus que inoculó un grupo chilango a finales de los noventa no es más que un recuerdo hoy. Los candidatos poco tienen que hacer para ponernos en contra los unos de los otros; la chamba se las hacemos nosotros, gratis. Un acto de traición a nuestros propios intereses que ya se da por sentado.

Así, con una sociedad enemistada consigo misma, vale la pena apelar por principio rector de ¿Dónde jugarán las niñas?: Dame el poder. Dame la facultad de hablar libremente, de recuperar el lenguaje, de opinar, debatir, reír y dejar de vivir en una utopía-puritana-montesori que nos “protege” de lo que nadie puede protegernos: de la vida. “Chingo yo, chingas tú… ¡¡Chinga tu madre!!”





 

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