Los verdaderos poetas tiernísimos
metiéndose siempre en los
cataclismos más atroces,
más maravillosos
sin importarles
quemar su inspiración
sino donándola
sino regalándola
como quien tira piedras y flores.
Oye, poeta, le dicen,
enchufa el amanecer.
Roberto Bolaño, “Como una vieja balada anarquista”.
En Para Roberto Bolaño (Sexto piso,
2005), Jorge Herralde declara que el escritor chileno “se consideró siempre un
poeta”, de esto podemos dar cuenta con su famoso trasunto Arturo Belano,
protagonista de Los detectives salvajes y personaje incidental a lo
largo de su narrativa. 2666 (Anagrama, 2004) resulta ser testimonio
de esta vocación fallida. Testamento de un ya maduro poeta infrarrealista que
escribe narrativa a raíz del nacimiento de su hijo Lautaro, en 1990.
“Sensini”, cuento incluido en Llamadas
telefónicas (Anagrama, 1997), refleja los años menos venturosos del chileno
convertido en un auténtico cazador de recompensas, dinero que la poesía no
podía darle. A través de su narrador, Bolaño declara: “El mundo de la
literatura es terrible, además de ridículo”.
En 1999, durante una entrevista con Cristián
Warnken, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santiago,
Bolaño confiesa que, más que un cuento, “Sensini” es una instalación; es un
objeto que denuncia los vicios de un sistema ridículo (como dice su narrador),
y que triunfa en un concurso —en este caso el Premio de Narración Ciudad de San
Sebastián—: “La apuesta literaria de Sensini no se cumplía al cien por
ciento en la escritura de la obra, no ganando un premio, que era darle la
vuelta total a lo que se estaba contando, sino ganando un premio verdadero”.
En esa misma entrevista, Warnken interroga al chileno
acerca de la constante identificación de sus personajes con el fenómeno
poético. Bolaño dice: “Yo empecé escribiendo poesía. […] Y siempre he admirado
las vidas de los poetas. Esas vidas tan desmesuradas, tan arriesgadas […]. La
poesía para mí es un gesto de adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco
que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es”.
Bolaño habla en ese momento de poetas como
Lautréamont o Rimbaud “en donde la pureza es tal, que quien se atreva a tocar
—pero a tocar de verdad—, se quema”. Sin embargo, no ve disociadas las
artes narrativas de las poéticas: “Yo creo que la mejor poesía de este siglo
está escrita en prosa”.
Hay que destacar el gusto que tenía el autor de Los
detectives salvajes por Nicanor Parra, poeta asociado con el término
“antipoesía”. Si tomamos esto como cierto, es natural que en la obra de Bolaño exista
una constante crítica contra lo “cursi” y las formas pseudoelevadas o sublimes
del arte en su narrativa. Su aderezo es la ironía, el desenfado y un constante
hartazgo a través de personajes que tenían como consigna (en palabras de Mario
Santiago Papasquiaro), la siguiente: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el
delirio”, todo ello dentro de la prosa.
Aquí se unen, definitivamente, el camino del
poeta con el del narrador en la persona de Roberto Bolaño. Su carrera como
autor de novelas y libros de cuentos está emparentada con su vocación lírica.
En los pocos ejemplos que nos deja de su poesía constatamos que es más bien prosaica
y la mejor manera de que ésta perdure, al menos dentro de su obra, es a través
de la tensión que produce el anhelo y el empuje de ese perder el timón y vivir
en el delirio.
Lo expuesto clarifica la lectura de Los
detectives salvajes, porque en ella se representan los hijos bastardos de
la comunidad poética del México de los años sesenta, los temidos, los dadá que
nunca pudieron entrar al canon. Para 2666 esta tensión cobra otro
sentido: el narrador ha madurado y su protagonista es un autor fantasma que
está a punto de recibir el Nobel. El referente poético, pues, no está en
Lautréamont o Rimbaud, sino en Baudelaire, a quien Bolaño califica de pater
familias: “Baudelaire […] nos muestra sus herramientas y abre un camino,
pero nos dice cómo abrirlo, cómo mostrarlo y todo esto a partir de él. Además,
ese camino queda no sólo abierto, sino pavimentado”.
En la “Nota a la primera edición” de 2666,
Ignacio Echevarría ofrece una última observación:
Entre las anotaciones de Bolaño relativas
a 2666 se lee, en un apunte aislado: “El narrador de 2666 es
Arturo Belano”. Y en otro lugar añade, con la indicación: Para el final de
2666: Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera
fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”.
El infrarrealista ha madurado. El alter ego de
Bolaño creció con él, ocupándose ya no de Cesárea Tinajero, como ocurrió en Los
detectives salvajes, o de “los poetas franceses”, como lo vimos en “Fotos”
de Putas asesinas, sino en el novelista Benno von Archimboldi,
seudónimo que oculta a Hans Reiter.
Hans Reiter —después Archimboldi— es el último
personaje escritor que nos presentará Bolaño y, quizá consciente de ello, lo
traza cabalmente, con un pasado de constante soledad y abandono que incluye la
guerra que comienza en 1939, cuando es convocado por el ejército del Tercer
Reich, en el regimiento de infantería hipomóvil. El llamado a las letras de
Reiter comienza con un librillo que llega a sus manos: Algunos animales
y plantas del litoral europeo, y que culmina con el hallazgo de los
manuscritos de un joven llamado Boris Ansky.
Curiosamente el final de 2666 representa una plática con un viejo —aunque no tan anciano como
Archimboldi, se aclara— en un café de Hamburgo. Benno está a punto de terminar
un helado que lleva por nombre fürst Pückler. El viejo le pregunta a
Archimboldi si le ha gustado y éste contesta afirmativamente. En
seguida, el anciano se acerca para presentarse como Alexander, pariente
del creador de ese helado. Al describir a su antecesor dice que fue:
Hombre ilustrado, cuyas
principales aficiones eran la botánica y la jardinería […] Él
pensaba que pasaría a la historia por alguno de los muchos opúsculos que
escribió y publicó, crónicas de viaje mayormente, pero no necesariamente
crónicas de viaje al uso, sino libritos que aún hoy resultan
encantadores, libritos en donde pareciera que el fin último de cada uno de sus
viajes fuera examinar un determinado jardín, en ocasiones jardines
olvidados, dejados de la mano de Dios […] Sus libritos, pese a su
revestimiento botánico, están llenos de observaciones ingeniosas […] Por
supuesto, mi antepasado no era ajeno a las tempestades, del mismo modo que no
era ajeno a las vicisitudes de la condición humana. Y por lo tanto, escribía y
publicaba a su manera, humilde pero con buena prosa […] Le interesaba la
dignidad y le interesaban las plantas. Sobre la felicidad no dijo una
palabra, supongo que porque la consideraba algo estrictamente privado y acaso,
pantanoso o movedizo. Tenía un gran sentido del humor, aunque algunas de sus
páginas podrían contradecirme con facilidad. Y probablemente […] pensó en la
posteridad. En el busto, en la estatua ecuestre, en los infolios guardados para
siempre en una biblioteca. Lo que no pensó jamás fue que pasaría a la historia
por darle el nombre a una combinación de helados de tres sabores. Eso se
lo puedo asegurar. Y bien, ¿qué le parece?
—No sé qué pensar —dijo
Archimboldi.
—Ya nadie recuerda al
fürst Pückler botánico, nadie recuerda al jardinero ejemplar,
nadie ha leído al escritor. Pero todos, en algún momento de su vida, han
saboreado un fürst Pückler.
[…]
—Vaya legado más
misterioso, ¿no cree usted?
—Sí, sí, en efecto, así lo
creo —dijo Archimboldi mientras se levantaba y se despedía del descendiente de fürst
Pückler. [El énfasis es mío.]
¿No suena esto a una última nota de Bolaño hablando
de sí mismo? ¿No luce sensato cambiar botánica y jardinería (tema de los libros
de fürst Pückler) por la amada poesía de Bolaño? ¿No será el chileno recordado
más por la narrativa que por sus poemas del mismo modo que todo el mundo
recuerda a fürst Pückler por ser el nombre de un helado? Pareciera que el
destino de fürst Pückler y el de Bolaño corren paralelos y que Belano —en caso
de ser el narrador— supo verlo también como propio.
El primer libro de Archimboldi habla de las plantas,
el último del que tenemos noticias en 2666 también, pero aparecen
otros con tema relacionado en medio: Pelletier (personaje en “La parte de los
críticos”), según el narrador, ignoraba que el primer libro que leyó de
Archimboldi, D’Arsonval, era parte de una trilogía que incluye el título
El jardín; más adelante, la editorial en la que finalmente Archimboldi
parece tener suerte “publicaba alguna novela o algún libro de poesía o algún
libro de historia, pero el grueso de [su] catálogo estaba compuesto por
manuales prácticos de uso cotidiano [que] instruían a mantener adecuadamente un
jardín”.
Existen varios elementos que refuerzan esta analogía
jardín/botánica-poesía y tres personajes: Amalfitano (profesor chileno de
literatura en Santa Teresa), Albert Kessler (basado en el investigador
estadounidense Robert Ressler, que trabaja en la investigación de los
asesinatos en la misma ciudad) y Benno von Archimboldi, que se dedican en
cierta parte de la novela, por pasatiempo, a la jardinería.
“Nunca he dejado de escribir poesía. Lo que pasa es
que cada día escribo menos por razones obvísimas: el dinero lo gano con la
prosa”, dice Bolaño. Lo cierto es que su carrera como prosista terminó
por lastrar la evolución del poeta. Su idea de publicar un libro de narrativa
al año —que cumplió desde 1996 hasta su muerte, en 2003— terminó por dar frutos
crematísticos. El corpus lírico de
Bolaño acaba en 1993 aunque sus publicaciones fueran posteriores. Luis Bagué
Quílez dice: “Para Bolaño, la poesía es una Ítaca particular a la que regresa
cuando necesita recluirse tras las trincheras del egotismo o articular una
resistencia silenciosa”. El referente poético cambia, quizá
también madura. Deja de ser tensión y se vuelve un refugio. Curiosa analogía la
de la floricultura con la vocación poética y digno descanso, el de un jardín,
para la pasión literaria más grande del chileno.
Publicado originalmente en la revista L de Lectura






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